Historia de Villarejo

Han pasado 100 años y seguimos igual?

05 Camino adelante Villarejo de Salvanés

Desde la Villa y Corte

En el retablo político siguen agitándose desaforadamente los acontecimientos. En este mes hay cuatro notas dignas de comentarios: las elecciones provinciales, la constitución del Congreso, la retirada del jefe regionalista y el ya eterno y peliagudo tema de las responsabilidades; esto sin contar con el endémico problema marroquí.

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Las elecciones provinciales pasaron inadvertidas, salvo para los electoreros profesionales; no sabemos si porque el cuerpo electoral quedó rendido del gigantesco esfuerzo de las elecciones generales, o porque no da importancia a la designación de los padres provinciales, ni aun a la misma Diputación, rueda inútil en nuestra maquinaria administrativa, engrasada sólo con el antipático contingente provincial. Sea lo que quiera, lo cierto es que los madrileños no se percataron de que había elecciones, y su sorpresa fue grande cuando se enteraron, por el resultado de los escrutinios y por la prensa, de que teníamos nuevos valedores provinciales.

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Se constituyó el Congreso y se constituyó como siempre, con las rituales ceremonias del juramento y la promesa, esta vez con nota épica a cargo del Sr. Ayuso, y el tradicional discurso del Presidente elegido, cuyos trinos han corrido ahora a cargo de nuestro dilecto e inconsecuente don Melquiades, que en época no muy lejana monopolizó los trenos, en ambas ocasiones con fuego castelarino.

¡Cómo cambian los tiempos!

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¿Y para qué tenemos Cortes nuevas? Ellas serán una etapa más de nuestro desacreditado parlamentarismo, con su secuela de absoluta esterilidad. Habrá, como siempre, grandilocuentes discursos, debates políticos de gran resonancia, con desfile y magníficas oraciones de los primates de uno y otro bando; pero la labor útil, la resolución de los arduos y apremiantes problemas que la Nación reclama, seguirá siendo cuestión secundaria, y todo proyecto o proposición de ley que a ello tienda, morirá abandonado o entorpecido por la incomprensión o por la perfidia de nuestras primeras figuras políticas, más atentas a sus personales conveniencias que al bien patrio.

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Enorme impresión ha producido la decisión adoptada por el Sr. Cambó. El ladino jefe regionalista, que de manera tan hábil sabía armonizar sus coqueteos con el Poder central y las ansias más o menos encubiertas de los catalanes, ha fracasado ruidosamente ante sus secuaces, y, hombre perspicaz,

ha sabido retirarse a tiempo, antes de que lo retiren. En Cataluña, y principalmente en Barcelona, el odio feroz a Castilla y el ansia de una equivocada

independencia, no pueden disimularse, y ello se aviene mal con la evolutiva marcha de sus aspiraciones, plasmada en la labor de Cambó y sus colaboradores. Se imponen, por lo visto, las corrientes de violencia y de inmediata separación, como se ha demostrado en las últimas elecciones del Principado, y para ello hacen falta directores o gestores resueltos, que no encubran sus intenciones con cambalacheos políticos y combinaciones más o menos lícitas.

He ahí el motivo de la decisión del líder catalanista. Nosotros no sabemos si alegrarnos o sentirlo, pues si bien las habilidades cambosianas amortiguaban

las estridencias de los separatistas, esa situación no puede ni debe prolongarse, y convendría que de una vez acabáramos, sea como sea, con ese problema. ¿Cómo? Del modo que la razón y el sentido común dictan.

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Los respetables abuelos de la Patria andan mohínos y preocupados. El suplicatorio del general Berenguer significa algo de una transcendencia suma, ya que es el primer paso para exigir las responsabilidades de nuestra campaña marroquí. Y ellos, hombres sesudos y bienquistos con la vida, temen cooperar a que se paguen las deudas contraídas por tirios y troyanos. No, no se decidirán; se temen las consecuencias de una general depuración, y ello no conviene ni puede ser en este desdichado país, donde todo se perdona, se justifica o se olvida. ¡Vaya por Dios!

Y, entre tanto, seguimos con las vacilaciones en Marruecos, contrayendo nuevas responsabilidades y esquilmando nuestra Hacienda y nuestra sangre moza.

¿Hasta cuándo se abusará de nuestra paciencia, y hasta cuándo vamos a tener horchata en nuestras venas?

F. Díaz Villar

(CAMINO ADELANTE… Julio 1923)Páginas desde04 JL Camino adelante Villarejo de Salvanés

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